por Pipo Fisherman 12-09-25
Los números hablan más fuerte que los discursos. El oficialismo ganó, sí, pero con la menor cosecha de votos en décadas. La tabla es elocuente: El conglomerado oficialista Multi-Sellos (el bunker de campaña marcò un rècord de banners con logos de partidos), ni siquiera logrò retener las adhesiones de elecciones pasadas, lo que pone en evidencia un desgaste que el propio intendente debió admitir en sus declaraciones post-triunfo. El festejo, con globos y selfies, no logra tapar que la base de sustentación se achicó.
En este escenario, el oficialismo local —hoy fundido sin matices con La Libertad Avanza— eligió jugar con un outsider de buena imagen al frente de la lista. Fue un movimiento audaz, pero que parece haber contribuido a la merma de votos: agradar al electorado no siempre se traduce en fidelizarlo, y la política necesita más que una cara fresca para sostenerse en el tiempo.
La escribanía acaba de expandirse:Con las cuatro bancas obtenidas, la mayoría absoluta se convierte en abrumadora. El Concejo Deliberante será más que nunca la sala de firmas del Ejecutivo. Pero ojo: al interior del oficialismo ya empezó la pelea silenciosa por la sucesión de Matzkin. Algunos funcionarios se empujaron casi a codazos en los festejos por salir en la foto central, y el socio libertario también tendrá su “favorito”. La gran incógnita es si alguna vez se permitirá una competencia interna genuina o si, una vez más, el dedo omnipresente del líder designará al elegido, anulando cualquier atisbo de democracia partidaria. La pulseada ya se siente en pasillos y cafés, y amenaza con abrir grietas en esa misma alianza que hoy celebran como compacta.
Y aunque se agranda la escribanía, la pregunta incómoda es si no sería hora de bajar de la soberbia triunfalista y sentarse a una amplia mesa de diálogo (por si no se entendiò, oficialistas y opositores). Un espacio donde se discutan políticas de fondo —más allá de una luz led o una cuadra de hormigón— que impulsen el verdadero desarrollo de la ciudad, una oportunidad de buscar consensos sin declamaciones grandilocuentes. Y si, para que eso ocurra, quien debe citar es el ganador...y pùblicamente.
La UCR volvió con sello propio tras años de alquilar su marca, y metió en el Concejo al hijo del caudillo de vieja data, cuyo apellido pesa más que sus primeras palabras como concejal. Será interesante ver hasta dónde llega esa herencia y cuánto dura la paciencia ciudadana con los clanes políticos. Su verdadero capital político será demostrar si puede sostenerse más allá de la sombra paterna
Por su parte, el kirchnerismo inició lo que parece ser un lento y trabajoso regreso al peronismo. Una vuelta que no será gratis: habrá roces, conflictos y tensiones de aquí a 2027, porque no se trata sólo de sumar siglas, sino de definir si se reacomodan convicciones o simplemente se negocian espacios.
La izquierda, en cambio, pierde desde diciembre sus dos bancas, pero no debería leer sus votos como un techo, sino como un piso: El punto de partida para reafirmar militancia es empezar a dejar de hablarle sólo a los convencidos, ampliar el espacio y empezar a jugar en serio en las ligas mayores. Sin una ampliación real de su base militante y electoral, seguirá quedando al margen de cualquier discusión seria de poder, por más que su diagnóstico sea muchas veces el más claro de todos. Sin olvidar, claro, su rol de voceros polìticos de los trabajadores (de todos, ademàs de municipales, y ademàs de municipales de la salud).
Queda flotando una pregunta incómoda para la oposición: si el oficialismo logró, sin demasiado pudor, juntar a conservadores, liberales, ex PRO y rezagados varios bajo una alianza de derecha que debutó con triunfo, ¿qué impide que el centro-izquierda empiece a pensarse en clave colectiva? No se trata de armar otra cáscara vacía, sino de despojarse de capillas y egos, y sentarse a construir política con mayúsculas: propuestas concretas, cuadros preparados y un proyecto de ciudad que pueda, de una vez, disputarle en serio el poder al bloque gobernante y sus flamantes aliados.
El punto más curioso es el que se viene ahora. Terminada la campaña local —donde el oficialismo mostró con orgullo obras hechas con fondos municipales y otras que, en teorìa, incluìan fondos nacionales—, llega Octubre, con las elecciones nacionales. Y allí el mismo espacio tendrá que militar una boleta que encarna todo lo contrario: un programa anti-Estado que predica el ajuste brutal, incluso a costa de despidos, con discursos extremos en materia de seguridad, y candidatos que van desde viejas figuras de la ultraderecha reaccionaria hasta alguna ex vedette reciclada y los conversos del PRO, entre ellos Santilli, jefe político del intendente local. Defender el cordón cuneta en Pringles y, al mismo tiempo, hacer campaña por quienes quieren dinamitar el gasto público suena, al menos, contradictorio.Una contradicción tan brutal como la de un albañil militando la demolición.
La foto final es esa: oficialismo local presumiendo ladrillos, mientras aplaude la topadora nacional.